LOS «PETARDISTAS» DE TEROR Calle Mayor, Teror. Fotografía N.º: 008269. Fotógrafo: Carl Norman. Colección:…
Sobre el baile
Visitas: 8
SOBRE EL BAILE

Dibujo de una bailarina.
Dibujo realizado y cedido amablemente por: KRYSTYNE.
Estaba yo buceando en un archivo, como uso y costumbre, y me encontré con este curioso artículo que no lo es. Era un caluroso día de agosto en Las Palmas de Gran Canaria. Los ventiladores de la sala de la Hemeroteca de El Museo Canario, estaban girando y girando y con ellos, mi cerebro.
«Ratoneando» por un periódico, digitalmente hablando, me encontré con este divertimento decimonónico, escrito por una de las grandes plumas costumbristas de nuestro país, con el permiso de D. Benito Pérez Galdós.
Me alegra que, el susodicho, se trate de un escritor de la tierra de mi madre y de parte de mis ancestros, de Cantabria. Hablo de José María de Pereda y Sánchez de Porrúa.
En un principio, creí que había escrito el artículo en cuestión, para el periódico, pero no. Investigando ligeramente, es el texto íntegro extraído de una de las obras de Pereda. La obra se titula, Esbozos y Rasguños, obra en la que el autor navega por sus recuerdos de infancia y juventud en sus tierras cántabras y que fue publicada en 1881. Es de marcado carácter costumbrista.
El periódico, Boletín de la Juventud Católica, recoge íntegramente uno de esos «esbozos» de Pereda, concretamente, uno dedicado al baile denominado: «Fisiología del Baile» que lo data en 1863.
ADVERTENCIA: Si van a leer las siguientes líneas con una mirada actual, les aconsejo que no lo lean, sobre todo si son mujeres o bailarinas. A estas últimas, de las cuales tengo el gusto de conocer algunas, se los dedico con todo mi cariño y amor boiniano y, en especial, a Krystyne, que tuvo a bien prestarme su maravilloso dibujo que es cabecera de este artículo (no sé si después de leer esto me pedirá que lo quite). Porque no me puedo resistir, entre corchetes y en color negro, pondré comentarios de mi cosecha, jocosos o no, del gusto o del disgusto de ustedes; espero disculpen mi atrevimiento y sobre todo, el señor autor. En color rojo marco las palabras que, en el texto original, destacaron en letra cursiva. Sin mucho más que añadir, copio íntegramente, el artículo de Pereda.
Las Palmas de Gran Canaria, 18 de Febrero de 1886, BOLETÍN DE LA JUVENTUD CATÓLICA, páginas 1,2 y 3, número: 39:
«FISIOLOGÍA DEL BAILE.
—«El baile es un círculo cuyo centro es el diablo.» [Empezó fuerte].
Esto lo dijo un teólogo que no era rana [Gustavo no era].
Mas para los moralistas de ogaño [O sea, para los moralistas de 1863] esta definición no es admisible, porque, prescindiendo de que el tiempo de los sábados y de las metamorfosis ha pasado [Se ve que soy de otra época porque esto no lo pillo], el círculo no es la figura simbólica de nuestros bailes [Imagínate ahora, Pereda]. Demasiado saben ustedes que cada pareja se va por donde se le antoja, pierde el compás cuando le acomoda, y vuelve cuando le da la gana [Como ahora]; luego si no hay círculo, no hay centro; ergo si no hay centro, mal puede el diablo hallarse en él [Ostras, aquí se puso serio, pero… ¿un cuadrado no tiene centro?].
Sin embargo, la opinión del teólogo está fundada. «Las mujeres son el mismo diablo,» [Aquí, algunas lectoras me abandonan] se dice vulgarmente; y admitiendo la denominación de círculo que suele darse á las reuniones danzantes, y teniendo en cuenta que el bello sexo [No todas las mujeres son guapas] es el núcleo ó centro de estas reuniones, «el baile es un círculo cuyo centro es la muger.» [Esto puede decirse que aún es cierto, al menos cuando yo salía de «juerguis», si no había mujeres no iba].
Sustituyendo ahora en lugar de este término su equivalente «el mismo diablo,» viene á quedar probada la exactitud de la máxima del teólogo [Queridas, no le tengan en cuenta esto al autor. Está elucubrando, utilizando la lógica].
Pero de este modo se infiere un gravísimo cargo a las mujeres [Lo que les dije], pues no es lo mismo decir «que son el diablo,» [Las mujeres lo dicen de los hombres también, con otras palabras] que «el diablo es la mujer,» y apelo en testimonio á la gramática.
Buscando un término medio á estas combinaciones diabólicas, he llegado yo á creer que el teólogo citó al diablo por dar alguna forma decente á las tentaciones.[Esto me despistó, no sé si el paisano de mi madre, hizo una gracia o da a entender que las mujeres son menos decentes que el diablo y las tentaciones].
Por lo que hace á estas, los mismos que no creen en brujas y se ríen del diablo, no se atreverán á negar que tienen en el baile la mejor parte [¿Se refiere a las mujeres o a las tentaciones?].—Yo las he visto [¿Qué vio este hombre… una mujer bailando o le entró la tentación al verla bailar?], y no soy escrupuloso ni aprehensivo [Menos mal].
Pero sean las tentaciones, ó el diablo, el centro abominable del baile, según el consabido teólogo, conste que he querido comprobar su máxima para que se me diga que la acepto por sistema; porque yo la acepto… [O sea, que está de acuerdo con ese supuesto teólogo que dice que el baile es un círculo en el que el centro es el diablo] Ergo, detesto el baile [¡BUM!… Pido perdón a mis amigas bailarinas de parte del autor. Perdona, Krystyne].
Y ya lo solté [Ya, nos dimos cuenta], voy a justificar á mis propios ojos esta opinión [Injustificable amigo], que á los de la flamante filosofía no pasa de ser una ridícula debilidad.
—«La mujer baila como toca el piano [No todas, se lo aseguro Pereda], hace puntillas [Y esto menos. Para el que no sepa, es una especie de labor, bordado, croché, etc] ó va de tiendas [Esto sigue igual, no me digan que no].» [Después de esta frase, ya no queda una sola lectora].
Tal es la opinión general, aún entre los padres más celosos y los maridos más avisados [Como siempre o se hacen los tontos o les engañan].
Yo opinaría como ellos, si la mujer bailase sola [Eso era un grupo y, no, nunca bailan solas], ó con otra mujer [Ahora sí] y ante un círculo de mujeres [También]; entonces, a todo tirar, podría el más malicioso atribuirle un poquito de afán por lucir su garbo [Y no se refiere a Greta porque no había nacido], su ligereza [¿De aquí vendrá lo de ligera de cascos?] o sus formas [Sin comentarios que me atacan]; pero la mujer no baila sola ni con otra mujer sino con un hombre y ante un concurso de hombres [Y eso sigue igual, aunque tu novia te diga que… va a bailar porque le gusta y para salir con sus amigas].
Si la mujer bailase sólo por el gusto de dar brincos [Alguna habrá ¿no?], no sería el baile su placer favorito; tendría igual afición que á él á jugar al marro [Un juego de niños en que un equipo intenta cazar al otro], ó á la pelota [Hay cosas que no cambiarán nunca], ó á saltar la cuerda [Un ejercicio muy sano]; placeres que, en cuanto á ejercicio muscular, nada tienen que pedir á ningún otro; y no sucede así.
La historia de la mujer civilizada [Eso indica que también las hay incivilizadas] dice bien claro que sólo se descompone en público [Espero que no sea lo que yo pensé], sólo marchita sin duelo sus adornos […], y sólo es insensible á la acción de la intemperie y de los pisotones y porrazos en el baile… [Esto sigue siendo cierto, en general] (conditio sine qua non). De lo cual deducirá cualquiera, que una mujer, en teniendo un hombre con quien bailar, ha colmado sus ambiciones en el baile [No sé yo]; es decir, que sólo se ocupa entonces, en espíritu y materia en dar vueltas por el salón [NO].
Pues no, señor [¿Qué les dije?]; si así fuera, las simpatías de una mujer en un baile estarían en favor del hombre más ligero y mejor bailarín [Falso, dirán que es… ya saben]; pero allí, como siempre y en todas partes, le es más simpático el que es más hermoso y más travieso [Esto es un hecho, antes, ahora y siempre].
Reparad cada vez que calla la orquesta [Ahora son antros de perdición llenos de ruido] y las mujeres se retiran á las orillas del salón en torpe desorden, como la espuma á la playa cuando va cesando la tormenta [Esto le quedó poético]. Oid lo que dicen á sus amigas cuando se han sentado a su lado [Prefiero no enterarme]; y desafío al más sagaz á que me cite una muchacha que, al sentarse á descansar, se dé por satisfecha si sale de los brazos de un hombre vulgar y adocenado, por más que en el baile sea una peonza, y la prudencia misma en su comportamiento [Le dicen que es un parado].
De lo que se deduce que la mujer, para bailar, no solamente necesita un hombre que la estreche; quiero decir, que la acompañe [No, si quedó claro a lo que se refiere]; síno también que este hombre sea intencionado [Las mujeres van a decir que no, pero es la realidad], travieso [El malote] y más que de regular estampa [Un guaperas], importando muy poco que baile como una abutarda [Un ave].
Explanemos una idea que apunté más atrás.
La mujer, ordinariamente, es meticulosa y pulcra [Perdone, Pereda, eso no es correcto]; la vista de una araña la hace temblar [Una pose, aunque alguna hay]; al contacto de un hombre en un paseo se ruboriza [Bueno, le recomiendo que se de un salto por este siglo]; la menor humedad la obliga a caminar de puntillas [Esto no me quedó muy claro]; el humo de un cigarro la hace estornudar [A mí me molesta, hay mujeres a las que no, hasta fuman], y en carruaje público se marea [Bueno, otra pose de época].
Puesta esta misma mujer en un baile campestre, aguanta el relente de la noche sin constiparse [Lo que corrobora que lo anterior era una pose social]; gira como una peonza en brazos de un hombre horas enteras [Dependerá de la raíz cuadrada multiplicado por la integral de lo que esté dentro de su estrategia], y no se marea; sufre un pisopón que le aplasta un par de dedos, y no se queja [Depende de que su interés sea simple o compuesto]; encuéntrase en su rápida marcha con una docena de parejas, crujen hasta sus pulmones con la violencia del choque, y no se da por entendida del suceso [Esto lo cuenta con gracia]; rozan su terso cutis las pastillas [Entiendo que se refiere a las enormes patillas que llevaban los hombres en el XIX] de su adjunto, y no se ruboriza [Antes era pose de señorita]; respira casi en la boca de este su aliento tabacoso, y no estornuda [Pose]; rómpese el leve zapato [Eso es una faena, pero no creo que fueran chinos] entre los chinarros [Un «palabro» del terruño] del salón, y su pié delicado no da señales de sentir la aspereza del suelo; cae, en fin, chaparrón de agosto, y si no le dicen «párate,» sigue bailando con el agua á las rodillas [Hombre, hay de todo en la viña del Señor].
¿Qué significa todo esto? [Que están en pose continua, socialmente hablando] ¿Que tiene la mujer dos naturalezas [Múltiples, más bien], una débil [Cuidado Pereda, que le cortan la cabeza] para la vida ordinaria, y otra insensible e impermeable para los salones de baile? Esto es imposible [No crea, cosas peores he visto]. ¿Que son estudiados artificios siempre en ella el rubor y la sensibilidad? [¡POR FIN ME HIZO CASO!] No quiero creerlo [Lo siento, amigo, sé que es duro, pero es lo que hay], aunque atrevidos autores lo aseguren [Soy un atrevido, qué cosas]. ¿qué hay en el baile alguna cosa que la [laísmo de la tierruca] preocupa tanto que la hace superior á sus propias debilidades? No hay más remedio que creerlo [Vaya, le echa la culpa al baile].
¿Y cual es esta cosa? [Eso nos preguntamos] Haec est quastio [Se me fue por la tangente latina].
¿Qué pensamiento será capaz de dominar á una mujer hasta el extremo de que no se duela al contemplar desgarrado su vestido [Pues fíjese, ahora pagan por comprarse pantalones rotos], desgreñada su cabellera [Fueron las mujeres más guapas y chachis de los 80, un siglo y poco después de usted, caballero], sudosa su piel [Ahora, decimos sudorosa, pero es lo mismo], desencajadas sus facciones [Si usted supiera, querido amigo, que ahora se les desencaja insultando a los hombres en manifestaciones públicas, pero sólo a algunas. Las otras son normales], ni se caiga desmayada viéndose abrazar y resobar por un hombre [Hoy son ellas las que soban y resoban], ante un público numerosísimo, bullanguero y bromista? [No sabe usted nada].
Respóndame el Adán más bonachón.—Por mi parte, aseguro que el tal pensamiento no es sólo el de dar brincos [Está claro, ahí dio usted en el clavo].— Esta sola causa haría muy poco honor al chirumen [¡Qué «palabro»!. Tuve que buscarlo: Discernimiento, mollera, ingenio, cabeza…] de la mujer civilizada, que será… lo que ustedes quieran, pero no tonta [Gran verdad, aunque también las hay en su sentido más laxo y relaxo].
¡Qué diablo! [Otra vez el despreciable] entremos en un baile, en el de más campanillas, y echemos un vistazo en derredor [Venga, esto se va animando. Le acompaño y de paso me explica lo de las campanillas]; y aún cuando uno quiera figurarse á la mujer desprovista de toda tentación [¡Qué dice, insensato!], ella nos demuestra lo contrario [Disculpe, le juzgué mal].
Como el estilo es el hombre, el baile es la mujer [Demasiado rotundo].
Reparad en esa esbelta morena [¿Dónde?], con la frente inclinada sobre el hombro de su pareja [Puff, tiene pareja]: mirad sus ojos de fuego velados por sus lánguidos párpados [Los veo], sus labios entreabiertos [Está tomando aire, hombre], encendidas sus megillas [El baile ejercita muchos músculos y te entra calor], palpitante el seno [Cuidado, Pereda, que le veo venir], flexible como un junco la cintura [No se pase], y pisando el suelo apenas con las puntas de sus menudos piés [Eso es síntoma de buena bailarina].
La otra rubia [¿Dónde?… Va usted más rápido que yo… Ah sí, ya la veo], de mirada tierna y hechicera boca [Esto se pone interesante], que se repliega nerviosa y con picante sonrisa cada vez que otra pareja la toca al pasar y la oprime contra su caballero [No se deje engañar, Pereda, no caiga en sus redes].
Esa pálida de yerta fisionomía [O sea, una Rottenmeier de Heidi], que cierra los ojos en éxtasis siempre que la precipitan en el torrente impetuoso de algunos compases de wals [Seguro que de Strauss];
Aquella pequeñita [… pero matona] y ligera de chispeante mirada, que busca á hurtadillas la de su acompañante cuando la mece casi sobre su rodilla en los bamboleos de una shotisch… [Se me «germanofilizó», Pereda; Podría haber dicho Chotís] y tantos, y tantísimos otros ejemplares que pasan ante los ojos de uno entre las confusas turbas de un salón de baile [Por eso, querido amigo, yo no voy a esos antros de perdición] ¿no os dicen en sus especiales actitudes que en todo piensan entonces menos en que van saltando? [Sí, pero ahora no lo podemos decir].
¡Ah! pues si nos fuera dado penetrar más tarde tras ellas hasta el misterioso albergue!¡Si escucháramos los rumores de su inquieto sueño! [Pues que quiere que le diga, prefiero no enterarme]…
Pero respetemos los de estas mujeres sensibles [¡Ah, pillín!, remarcó usted la palabra porque no las cree de tal condición]…
Si no me llamaran cruel, haría una pregunta al marido tolerante [No se meta en ese berenjenal; además, esos maridos no existen].
¿No has notado alguna vez, al retirarte de un baile, que tu hermosa costilla está taciturna, áspera y desabrida contigo? [No sea malo; Eso duele].
Como me vas a contestar que sí, me tomo la libertad de explicarte ese fenómeno [Gracias, hombre, ya me entró desazón y comezón], aunque me llames entremetido [No se preocupe, en la actualidad, hay cosas peores como: políticos, impuestos, tecnología desbordada, políticos y más políticos].—Todo ese despego significa que has perdido mucho en la comparación que de ti ha hecho con los que en en el baile la han acompañado [Pues qué bien, Pereda, me animó el día]; significa que le parece feo, tonto y ridículo [¡Chacho, tío… cómo te pasas!.. Disculpe el tuteo], aunque seas bello, discreto y elegante [Gracias por intentar arreglarlo], porque… está probado que en las comparaciones que hacen las mujeres salen perdiendo siempre los maridos [Ya decía yo que algo no iba bien entre nosotros]; y en el baile se compara como en ninguna otra parte [Por algo no voy yo a bailar, no sabía por qué era; ni a las peluquerías tampoco].
Pero ¿a qué cansarnos en traducir el pensamiento de la mujer en el baile, en deducciones más o menos lógicas? [Sí, déjelo, haga el favor. Me está poniendo nervioso] ¿Hay más que consultarnos a nosotros mismos? [Esto es más profundo de lo que parece]—La proximidad del hombre á la mujer, cuando con ella baila, hace casi idénticas las situaciones de entrambos: si el primero se quema [Tiene fuego en los ojos], no debe estar muy lejos del fuego la segunda [Es una quemadura recíproca].
Pues bien, el hombre busca siempre para su pareja, la mujer de mejores formas [La maciza], más amable [Sí, mejor] y menos escrupulosa [Esto no tengo que explicarlo… ¿verdad?].
Lo que esto quiere decir me excusa de lo que callo por respeto á vosotras [No, si lo entendimos. Usted tiene más suerte que yo. Hoy en día, no puedo ni siquiera pensar en lo que ha dicho, porque cometería un crimental «fachomachista» y sería un paria social], que, dicho sea de paso, me arañaríais de buena gana si me tuviérais á mano [No opino sobre esto. Me remito a mi frase anterior. Practico la autocensura].
Pero sospecho que, por lo crudo de esta aseveración, sois capaces de recusarme por apasionado [No, amigo, algo mucho peor. Sería usted borrado de la historia de la literatura por «machirulo»]. Lo cierto que pocos se han atrevido á hablar tan claro en tan revuelto asunto [Estoy con usted y le apoyo, pero, insisto. Después de esto, estoy haciendo mi testamento]. Veamos si hallo una razón que no tenga vuelta [Veamos, a ver si me ayuda en las tribulaciones que me esperan].
El baile es una sociedad como otra cualquiera, regida por leyes especiales, y con sus costumbres propias [Empezó usted bien. Creo que de momento no se me aplicará el garrote].
Tratemos de formar con ellas un cuadro exacto y compendiado [De acuerdo, me interesa], de modo que de una sola mirada [Entiendo que no se refiere a la morena de más arriba, por su bien] se aprecie el asunto en su verdadero valor; y con este objeto, examinemos el salón, reparemos lo que las concurrentes hacen [No repare mucho que se arriesga a que alguna la denuncie. Lo siento, pero así estamos hoy en día], y escribamos el resumen de nuestras impresiones [No es por desanimarle, pero le aseguro que está corriendo muchos riesgos].
Héle aquí [Si insiste, allá usted]:
—«El baile es una república [¡Coño, con razón no me gusta la res pública!… Al menos la española] en que no tienen autoridad ni derechos los padres y los maridos sobre sus hijas y mujeres respectivas. Estas pertenecen al público [Cuidado, muchacho, terreno farragoso y denunciable], que puede necesitarlas para bailar, al tenor de los siguientes dos preceptos:
Deberes de la mujer: Esta, sin faltar á la buena educación [Esa que se ha perdido y a lo que llaman progreso los progresistas, que son las personas más recalcitrantes que conozco], no puede negarse al que primero la solicite [Señor Pereda, por esto, creo que pasará usted una noche a la sombra].
Derechos del hombre: El hombre es dueño de elegir la mujer que más le guste [Sí, en la ficción, salvo que seas Brad Pitt. Usted no lo conoce, Pereda]; y, ya en la arena puede estrecharla entre sus brazos [Si ella quiere]; poner en íntimo contacto con ella, por lo menos todo el costado derecho [Bueno, si es el costado, se lo paso], desde la coronilla á los talones [Se está extralimitando]; pisarle los piés [Si eres guapo, no hay problema], romperle el vestido [Esto es muy feo y luego tiene que pagarlo] y limpiarle el sudor de la cara con las patillas [Ya no se estilan], si no con el bigote [Ahora está de moda aquel ridículo bigote de los años 20, usted no llegó a verlo], sin faltar á las leyes de la decencia [Eso ya no existe]; pues contando con la agitación y la bulla de la fiesta, no es posible establecer un límite á los puntos de contacto, ni amojonar el cuerpo para decirle al hombre: «aquí no se toca.» [Pues fíjese, Pereda, los mismos «progresistas» que a usted condenarían y harían lo posible para meterlo en chirona, por «machirulo», les parecería bien ese cartelito en determinadas mujeres de otras culturas]».
Nota.—Las anteriores prescripciones se observan rigurosamente desde el hombre más feo y antipático hasta la mujer más linda y exigente.» [Aunque las normas sociales, suelen ser así de estúpidas, en este caso, creo que no le harán caso].
Repárese que en la tal república [¡Dios nos libre!], donde el hombre tiene derechos tan peregrinos, la mujer no tiene más que deberes [Por eso es ciencia ficción] .
Creo que esta fidelísima fotografía que acabo de hacer del baile, completa sobradamente mi propósito [Yo creo que ha quedado claro. A mí me gustó, pero sepa que lo expulsarán de la vida literaria].
Una observación en honor del hombre culto [Eso lo extinguió la democracia]:—No hay padre ni marido que repare en enviar sus hijas y su mujer al baile [Hoy se envían solas y el marido se queda en casa]; pero la sociedad se escandaliza el día en que una soltera atraviesa sola [y borracha], de acera á acera, la calle en que vive [La sociedad actual se escandaliza por tales chuminadas que usted no lo creería].
Fundándose en mejor lógica, establecería yo lo siguiente:
«Jurisprudencia: Los padres y los maridos que proveen los bailes con sus hijas y sus mujeres [Cómo suena esto amigo, hasta para mí que me enorgullezco de estar fuera de toda sospecha de progresismo], no tendrán derecho á ampararse á las leyes de la justicia ni del honor, en los casos de agravio [Agráviense y avinágrense todos]… de mayor cuantía; se les negará la sal y el fuego [¿Se refiere usted al salario y al fuego en los ojos?]; y, con un cencerro al cuello, expiarán su estupidez… [Pues no se ría, allá por el siglo XVII, a un antepasado mío, la Inquisición, le puso una penitencia parecida] de baile en baile [Y tiro porque me oca].»
Consignado así mi voto, no debo insistir en nuevas deducciones, y doy por acabada mi corta tarea [Sí, mejor concluya. Después de esto me quedo sin amigas, bailarinas o no].
Porque creo que se necesita mucho menos que sentido común para condenar el baile bajo el aspecto puramente estético [No hombre, no. Las bailarinas… digo, el baile es muy bello], y no hay necesidad de que yo gaste tinta ni paciencia en ello.
Un hombre de frac y chistera [Como el que ven justo debajo],

El autor de este artículo en la obra de teatro «Tic-Tac», de Claudio de la Torre.
Fotografía realizada por: NEL MORALES.
máxime si tiene canas [Ahora las tengo, en esa foto no], y una mujer bonita [Se me ocurren muchas, pero no creo que ninguna me de una foto para añadirla], muy prendida y remilgada [Así no me ayuda, Pereda], dando brincos como dos salvajes de Mozambique [Otro berenjenal], sudando el quilo y sacando la lengua de cansancio [¿De qué estamos hablando exactamente?], solamente los puede uno soportar sin echarse á reír, cuando considera… que el fin justifica los medios [Esto es así, a las discotecas se va a ligar, no a bailar. Los hombres sólo van si hay mujeres, digan lo que digan].
Ahora bien; ¿por qué escribo yo esto? [Porque le apetece y tiene usted arte parra ello] ¿Aspiro a la austeridad del anacoreta? [Prefiero una croqueta… sin gluten, que ya ni la harina es como antes].
No tengo, desgraciadamente, tanta virtud [Yo tampoco]: me gusta la carne más que las raíces [Que no es vegetariano… ¿no?].
Si en el baile encuentro un filón de verdaderas gangas [Ay, ay, ay], ¿por qué, en vez de procurar su destrucción, no le exploto callandito? [Eso digo yo… ¿por qué?].
Veamos si mis lectoras [¿Después de esto tiene lectoras?… Tengo esperanzas], cuyos piés beso á pesar de lo dicho [Yo no… a sus pies señoras], hallan la respuesta en lo siguiente:
MORAL DEL CUENTO.
Yo he bailado también [¡Ah, «bandío»!]; pero preguntándome con horror á cada vuelta:
¿Me casaré yo algún día? [¿Y yo?].
Y si me caso, ¿habrá bailado mi mujer? [En su época, no lo sé, pero en la mía le aseguro que sí].
¿Llegaré a tener hijas? [Todo es ponerse, si es que alguna mujer nos quiere después de leer esto].
y si las tengo, ¿dejaré que me las bailen? [Pues mire, ahora, no le quedará más remedio o le quitan la patria potestad].
Temiendo ser tan padre y tan marido como todos los demás [No lo dude], he escrito estos renglones [Y no están torcidos]: quiero tenerlos delante de los ojos cada vez que mi ceguera de marido y de padre vaya á hacerme merecedor del castigo á que condeno á todos los mansos del gran rebaño de la sociedad danzante.
JOSÉ M.ª DE PEREDA.»
[Con añadidos y molestas interrupciones de Jesús M. Cabrera].
Y hasta aquí, queridos lectores, este pequeño divertimento, al menos para mí. Añado una fotografía del autor de esta obra de arte costumbrista.

Retrato de José María de Pereda y Sánchez de Porrúa
[Polanco (Cantabria), 6/2/1833-Santander (Cantabria), 1/3/1906].
FUENTE: https://www.cervantesvirtual.com/portales/jose_maria_de_pereda/imagenes_retratos/
.
Muchas gracias,
Jesús M. Cabrera.
MrB Genealogista.
Gracias por hacer tu donación aquí:
Fuentes:
– Archivo Hemeroteca de: El Museo Canario (AHMC):
*Prensa: Boletín de la Juventud Católica.


Esta entrada tiene 0 comentarios